El vagabundo

15 Ene

Octubre de 1998, viernes por la tarde, llegué de la escuela a mi casa y la mochila voló por los aires, ese día ya era libre. Así que corrí a mi cuarto, agarré el peso que tenía en mi cajón y me fui a las maquinitas, que en ese entonces eran tan populares. A jugar un rato, antes que venga del trabajo mamá.

Cambié mi peso por ocho fichas y me dirigí al juego de avanzar y pelear que tanto me gustaba, y nunca había terminado. Tenía fe que esta vez podía ser, iba a gastar todo en éste. Así que hice caso a la pantalla “insert coin”, elegí a mi personaje preferido, y comenzó la acción.

El local de videojuegos era oscuro, sucio y con olor a encierro, era el típico lugar de mala muerte, donde de noche uno no sabe si sale vivo de ahí. Sobre todo a mis 12 años de edad, pero la tarde aún seguía ahí, y al caer la noche yo iba a estar camino a mi casa. Además el lugar era el más cercano de dónde vivía y el más barato por cierto.

Yo seguí jugando, y parecía que todo iba bien, había avanzado bastante y sólo había perdido una ficha, en eso se me dio por mirar a la derecha, y lo vi a lo lejos: era un vagabundo, un hombre viejo, con un buzo descolorido, unos pantalones que se caían de lo flaco que estaba el tipo, y unas zapatillas que prácticamente mostraban los dedos del dueño. Sentí miedo y rechazo por él. El hombre se puso al lado de un tipo que estaba vestido como si trabajara en un taller o algo así. Por suerte yo estaba en el fondo del local, bien lejos de la entrada, donde se encontraba el viejo, observando el juego del otro tipo.

Yo seguí jugando, aunque desconcentrado perdí mi segunda ficha, y la tercera se fue como agua en las manos, esta vez no iba a pasar el juego del todo, así que puse la cuarta ficha y esperé un milagro. En realidad me quedaban cuatro fichas más en el bolsillo, pero estaba anocheciendo, y el lugar se llenaba cada vez más de gente poco deseada.

Giré mi cabeza para ver al hombre, y éste seguía ahí, le estaba hablando al tipo que jugaba, ambos se reían, pero por alguna razón yo despreciaba a ese vagabundo. Seguí jugando tranquilo, tratando de olvidarme del viejo. Entonces en un momento, sin darme cuenta se me dio por mirar de nuevo a la derecha, pero ya no estaba allí el vagabundo, no, para nada. Estaba detrás de mí, viendo como jugaba. Entonces el miedo comenzó a recorrerme el cuerpo desde la nuca. Iba a perder rápidamente y me iba a ir. El viejo me daba miedo.

Luego pensé que no podía ser tan cobarde, si el tipo me quería robar, yo iba a golpearlo, en definitiva era un hombre flacucho, huesudo, era un viejo hecho polvo. Yo jugando a ese juego, donde mi personaje era tan rudo y valiente, y yo temblando por un viejito. ¡Ridículo!

Sin embargo, mi personaje, tan fuerte y sabio en las artes marciales que era, me hacía perder la cuarta ficha, y pensaba gastarme las restantes otro día. No me había dado cuenta, tanto pensar en el vagabundo, no me dejó concentrarme en mi objetivo en el salón de juegos.

–          Me quedé sin fichas –dije sin pensarlo, y apretando los puños, esperando la oportunidad de que el viejo me quisiera robar y golpearlo.

–          Te regalo una, querido –me respondió el anciano, entregándome una ficha.

Cuando escuché su voz, sentí que ese hombre no podía ser malo, su voz encerraba bondad, y algo de tristeza también. Me hizo sentir muy mal por un momento. Tomé la ficha, y le dije gracias, como algo automático.

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Logré poner la ficha rápidamente, y mi personaje volvió para darle una buena paliza al gigante, que no me había permitido avanzar de nivel.

–          Gracias señor, ahora cuando termine, le voy a pedir a mi mamá que me dé el dinero para pagarle la ficha.

–          No, es un regalo, cuando termines esta ficha mejor andate a tu casa, ya es tarde, y tu mamá seguro va a preocuparse por vos.

Increíblemente ese hombre que me había dado miedo y rechazo, ahora parecía ser lo más parecido a un abuelo, o a un tío. Ese tipo no podía ser delincuente y mucho menos mala persona.

–          Gracias –dije, sintiéndome avergonzado.

–          De nada –respondió.

Luego se hizo un silencio, entonces él agregó:

–          Me gusta verte jugar, porque me hacés acordar a mi hijo, cuando lo acompañaba a jugar a los jueguitos.

–          ¿Su hijo es más grande que yo? –pregunté, interesado más por saber de la vida del hombre, que del juego.

–          Sería más grande que vos, pero mi hijo falleció hace unos años.

Esa respuesta, simplemente me dejó helado. Pero el hombre siguió hablando, rompiendo ese tan incómodo silencio, que yo no podía romper con mi ausencia de palabras.

–          Mi hijo se llamaba Miguel, iba a la secundaria, era buen pibe, la gente lo quería mucho. Pero un día se enfermó, y lo tuvimos que internar con mi señora. Así estuvo dos años, hasta que no se pudo hacer más nada por él, y abandonó este mundo –se quedó callado un instante y me preguntó -¿Vos cómo te llamás?

–          Gonzalo –dije rápidamente.

–          Un gusto, Gonzalito, yo me llamo Felix.

Iba  decirle que sentía la pérdida de su hijo, pero el hombre se adelantó y siguió con su historia:

–          Mi señora al año siguiente también enfermó y falleció en unos pocos meses, y entre los medicamentos de mi hijo y mi señora me quedé sin dinero, y tuve que vender mi casa. Ahora vivo en una pensión, y a veces hago trabajos de albañil y de carpintería.

Entonces dije:

–          Lo siento mucho señor –me quedé medio segundo pensando y pregunté – seguro los debe extrañar mucho.

Qué pregunta tan estúpida, pensé. Pero la realidad es que no sabía que más decir. El hombre respondió:

–          Sí, al principio me sentí muy mal y ya no quería ni levantarme de la cama, pero ahora pienso que están con Dios, y que tengo que continuar los pocos años que me quedan en este mundo. Tengo muchos amigos que voy haciendo de acá para allá, y sé que algún día volveré a estar con mi familia.

Nos quedamos un rato callados, y a los pocos minutos perdí la ficha que me había dado el señor.

–          Me voy –dije, mirándolo a los ojos y estrechando la mano para saludarlo.

–          Que estés bien, Gonzalo –respondió el anciano, dándome su mano también.

Salí del local de videojuegos y caminé hasta mi casa, pensando mucho en el camino, en ese vagabundo y su mirada y su voz triste, y al llegar me senté en el sillón y me imaginé a ese hombre acompañando a su hijo, mientras él jugaba al mismo juego que había jugado yo esa tarde.

El siguiente viernes jugué las cuatro fichas que me quedaban, y por fin pasé el juego, pero el hombre no fue. Tampoco el otro viernes, ni el otro. Nunca más lo vi, pero supongo que debe estar bien donde éste.

Redes sociables

    5 thoughts on “El vagabundo

    1. Fernando buenas tardes!
      Queria hacerte una pregunta en el post de JAVA, puede ser que no este habilitado?
      Ademas queria preguntarte si me podias hacer una pagina?

    2. Hey, que gran historia. Hay veces que juzgamos a las personas por la apariencia, sin pensar todo lo que le ha tocado vivir.

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