Juegos de Atari y películas de Bruce Lee

17 Dic

Estacioné el auto a la vuelta de la casa de mis viejos, bajé, agarré la bolsita con las facturas y puse la alarma. Caminé hasta la avenida Rivadavia, y al llegar a la puerta saqué el celular y le mandé un mensaje a mamá: “ya llegué, ma”. Esperé cinco minutos, pero nada, mamá ni había leído el mensaje, Dios, la tecnología me estaba comiendo la cabeza, ¿acaso me había olvidado del portero eléctrico? Pulse el botón del timbre y mamá me atendió como si estuviese estado esperando al lado del tubo:

–          ¿Quién es?

–          Soy yo, ma, Diego

–          Pasá, nene –dijo mamá, mientras me abría la puerta desde arriba

Entré al ascensor que estaba igual que antes. Ese cacharro no había sido actualizado más o menos desde finales de los 80, hasta la puerta costaba cerrar. Pulsé el botón al segundo piso y, al llegar mamá me estaba esperando en la puerta del departamento.

–          Hola, hijo, tanto tiempo ¿no? –dijo mamá con una sonrisa en su rostro redondo, siempre tan elegante

–          Sí, no. ¿Me extrañaban con papá o no me extrañaban un joraca?

–          Sos malo, eh. Claro que te extrañábamos –me decía mamá mientras me abrazaba –pasá

El departamento a diferencia del ascensor del edificio sí estaba bastante cambiado, el decorado era más claro, y al parecer mamá había tirado ese horrible sillón verde oscuro, y lo había reemplazado por uno de un color cremita, mucho más agradable. Tampoco estaba más la vieja televisión, ésa que todos los días me sentaba a mirar cuando volvía del colegio, y en su lugar había un LEC enorme.

–          ¿Trajiste facturas? –preguntó mamá

–          Sí –le respondí entregándole la bolsa

–          Bueno, ¿tomamos unos mates?

–          Dale

Mientras mamá se iba a la cocina me senté en una de las sillas de madera del comedor, y ella me hablaba del otro lado.

–          ¿Y Mayra?

–          Se fue a la casa de los padres, así que yo decidí visitarte a vos. Después cuando salgo de acá la tengo que pasar a buscar. Ah, salimos antes del trabajo.

Mayra era mi novia, hacía 3 años que salíamos y 2 que vivíamos juntos, ella le caía bien a mis padres, aunque yo no tanto a los suyos. Pero estábamos bien, creo que sólo importaba eso. Trabajábamos juntos en la misma empresa, nos habíamos conocido en una fiesta de empleados de fin de año que todos los años organizaban, ya que estábamos en pisos diferentes.

Me quedé mirando el resto del comedor en silencio, buscando cosas nuevas y cosas viejas, un rato, mientras mamá preparaba el mate en silencio.

Al rato mamá vino con un platito con las facturas que yo había comprado.

–          Te ayudo –le pregunté, viendo que estaba haciendo todo ella

–          No, nene, tranquilo. Vos quédate sentado que debes estar cansado –me dijo, poniéndome la mano en el hombro para evitar que me levante

Cuando el mate estuvo listo mamá llegó con el termito y se sentó. Ella cebaba.

Estuvimos hablando un rato largo de todo, de mi trabajo, de Mayra. Mamá también me contó que papá estaba un poco cansado y que pronto ambos llegarían a la edad para jubilarse, y que tenían ganas de vender el departamento para irse a vivir a uno más chico.

Yo sinceramente no quería que vendan el departamento, algo que aun sentía como mío, había vivido desde que nací en ese departamento ubicado en el barrio porteño de Caballito. Mi habitación… Pero no podía ser egoísta, sabía que ese departamento traía demasiados recuerdos para mis viejitos.

A mamá le sonó el celular

–          Hola –respondió mamá -Sí… ¿cómo estás Mecha?

Mecha era la vecina del piso cuarto, una vieja que a mí me caía bastante mal, la típica vecina que sólo viene para pedir favores.

Cuando mamá terminó de hablar colgó el teléfono y se quedó mirándolo un rato.

–          Me mandaste un mensaje, Diego –dijo mamá mientras lo leía

–          Sí, para avisarte que estaba abajo ¿Era Doña Mecha?

–          Sí

–          ¿Qué quiere ahora? –dije fastidioso

–          No, seas así, nene. Es una mujer mayor…

–          Bueno, ¿qué quiere? –le dije interrumpiéndola

–          Me pidió si le podía comprar una cositas del chino. ¿Me acompañás?

–          Vino seguro te pidió esa vieja borracha. Dale te acompaño

–          Dale, y de paso compro algo para la cena de hoy ¿Te quedas a cenar, nene?

–          No, pero te prometo que otro día

–          Siempre me decís lo mismo

–          Pero esta vez es verdad –le dije mientras la abrazaba y le daba un beso en la mejilla

En el trayecto fuimos al chino, que por suerte quedaba al lado del edificio, y cuando volvíamos mamá me preguntó si la quería acompañar a la casa de Doña Mecha.

–          No, mamá, te espero en el ascensor

–          Tomá las llaves –me dijo mientras estiraba el brazo para darme las llaves del departamento –esperame cinco minutos, que le dejo esto a Mecha y voy

Abrí la puerta y sentí como un aire caluroso de nostalgia. Hacía muchos años que no entraba solo, como lo hacía todos los días cuando volvía del secundario.

Fui hasta mi habitación para ver cómo estaba, pero pocas cosas le quedaban a mi antiguo refugio. Yo me había llevado casi todo cuando me había ido a vivir solo. Ahora en su lugar quedaba una viejita mesita de luz, que por alguna razón había dejado ahí. Además al parecer mamá se había hecho una pequeña biblioteca en mi ex habitación.

Sin entrar seguí por el pasillo y vi adentro la habitación de los viejos, siempre igual, ordenada y limpia, una cualidad de mamá, una auténtica ama de casa, como las de antes.

Me quedé un rato pensando en mi vida, en todo lo que había cambiado en tan poco tiempo. Siempre había sido un cero a la izquierda en casi todo, y parecía mentira que las cosas estén yendo bien ahora en mi vida.

Al final del pasillo estaba el baño, también impecable como todo lo que pasaba por las manos de mamá, pero antes de entrar me detuve, había una habitación que parecía haber olvidado, aunque parezca mentira, una habitación a la cual hacía muchísimos años que no entraba. La habitación de Adrián.

Adrián era mi hermano mayor, la luz de los ojos de papá y mamá, el hijo perfecto. Adri lo era todo, buen deportista, buen músico, el animador de toda fiesta o reunión familiar o de amigos. Además de ser un galán para las chicas, todos los días llamaba una diferente a casa para hablar con ‘El Ruso’, como le decían sus amigos, debido a que Adrián tenía el cabello largo y rubio, y los ojos claros. En eso había salido a mamá, yo en cambio había nacido morochito y de tes oscura como el viejo.

Mi hermano mayor, que vivía haciéndome bromas pesadas, hasta convertirlo en un ser odioso. Pero por alguna razón yo lo admiraba, quería ser como él.

De niño siempre había sido medio lento para todo, mamá se sentaba conmigo para ayudarme a hacer la tarea, yo no entendía nada. Mamá trataba de armarse de paciencia, pero finalmente terminaba a los gritos. Además que tenía problemas en la escuela, todos me molestaban, rompían mis útiles y me pegaban. Era la burla de mis compañeros.

Un día, un chico de secundaria, que estaba viendo todas las cosas que me hacían mis compañeros de sexto grado, se prendió a molestarme junto a ellos. Se puso detrás de mí y se agachó sin que yo me diera cuenta, entonces uno de mis compañeros me empujó, y caí de forma muy cómica para ellos y cruel para mí. Este chico se llamaba Facundo. De alguna forma que nunca supe, Adrián, que estudiaba en otra secundaria, pero que tenía la misma edad que Facundo, se enteró de lo sucedido, pero no me dijo nada. Un día simplemente vino a la salida, y ante los ojos de toda la escuela le pegó una trompada a Facundo dejándole la nariz ensangrentada, luego me agarró del brazo y me llevó:

–          No dejes que te jodan, ¿sos macho o no, boludo?

Pero la realidad es que desde ese día ni me faltó tener que hacerme el macho porque nadie me volvió a molestar, es más, Facundo ya ni me miraba, parecía que mi hermano le había enseñado bien la lección. Adrián también podía ser mi protector.

Todas las tardes el micro me pasaba a buscar por la escuela y mamá me esperaba en la puerta. Después de almorzar me mandaban a hacer la tarea, algunas veces El Ruso no estaba en casa, y yo aprovechaba para usar su computadora, pero mamá enseguida me sacaba del cuarto de mi hermano para cumplir con mis obligaciones escolares.

Odiaba hacer la tarea, era un alumno regular, a veces pésimo. Mamá se sentaba al lado mío a ayudarme, al principio tenía paciencia, pero luchando contra mi perezosa mente la perdía rápidamente.

Una de esas tardes de tortura de mamá y tarea, por alguna razón que no recuerdo papá no había ido a trabajar y estaba viendo la tele en la sala, mientras que yo hacía la tarea con mamá en la mesa de la cocina. De pronto el teléfono empezó a sonar.

–          ¿Carlos,  podés atender por favor? –dijo mamá con una voz contaminada de enojo, por culpa de mi mente perezosa, incapaz de hacer la tarea bien

–          Voy, Mirtha. Ya lo escuché –respondió papá, mientras bajaba el volumen de la tele y se arrastraba por el pasillo

Papá llegó a la cocina con cara de sueño, y atendió el teléfono.

–          Hola… Sí… Sí, es acá –Papá se quedó escuchando por el teléfono.

Mamá me miraba, e iba a seguir con sus reproches, pero como yo estaba de frente a papá, me quedé mirándolo fijo. Mamá se dio cuenta de esto, y se dio vuelta para mirarlo también.

–          No puede ser… ¡¡¡NO PUEDE SER!!! –Gritó papá

–          ¿Qué pasa, Carlos? –Mamá se levantó, mientras se acercaba a él

–          Está bien, voy para allá –Dijo papá, mientras seguía hablando. Colgó el teléfono y agarró fuerte a mamá del brazo

–          ¿Qué pasa, Carlos?

–          Nos tenemos que ir –Papá se dio vuelta un instante y me miró antes de irse– Diego, quédate acá

Yo me paré, y me quedé mirándolos, parecía que papá lloraba, y era extraño porque papá casi nunca lloraba.

Sin hacer nada, ni la tarea, ni jugar con la computadora de mi hermano. No entendía nada. A las cuatro horas de la partida de los viejos, se escuchó el sonido de las llaves en la puerta, y llegó mamá. Parecía que había llorado como una Magdalena, me di cuenta por sus ojos. Yo estaba sentado en el sillón. Mamá se acercó a mí, se sentó al lado mío y me miró a los ojos:

–          Dieguito, Adrián tuvo un accidente en la moto, y falleció.

Las lágrimas llenaron mis ojos, como un pedazo de algo que explota en una centésima de segundos. Mamá me abrazó fuerte, y lloramos como nunca habíamos llorado antes. El Ruso se había ido para siempre.

Me senté en la cama de Adrián, parecía mentira, incluso hoy que mi hermano ya no iba a volver. Miré su computadora, esa vieja máquina; su walkman, sus juegos de Atari y películas de Bruce Lee. Al Ruso le encantaba la tecnología, los videojuegos, la música y los deportes. Supuse que hoy en día se sentiría muy a gusto con todos los avances, internet, los celulares, las Xbox y la Playstation. Traté de imaginarme cómo sería Adrián si todavía estuviese con nosotros, y sentí que tenía ganas de llorar. La habitación tenía polvo, y estaba tan sucia como cuando estaba Adrián, así que supuse que mamá no quería entrar acá, y la entendía.

Después de la muerte de mi hermano algo en mí había cambiado, me sentía distinto. Papá y Mamá me cuidaban como a un adorno frágil, y rara vez me gritaban. Pero yo ya no quería ser ese niño tonto, y de pronto sentí que había avanzado cuatros años de mi edad actual, incluso mucha gente creía que era una persona muy madura para mi edad cuando era un adolescente. Era como si Adrián antes de irse me había dejado algo suyo en mí, y me cuidaba de alguna forma.

Ahora podía decir, que con excepción del estrés en el trabajo y cuestiones pequeñas, era una persona feliz, y sin miedos.

Escuché el timbre de la puerta y recordé que yo tenía las llaves. Me sequé las lágrimas. Luego fui hasta la puerta y le abrí a mamá.

–          Mecha te manda saludos –dijo mamá

–          Yo no

–          Jaja

–          ¿Má?

–          ¿Qué pasa?

–          Te quiero mucho

–          Yo también, Dieguito –dijo mamá y me abrazó

–          ¿Querés que venga a cenar el Sábado? Traigo helado

–          Sí, claro –me respondió mamá con una sonrisa de oreja a oreja -¿Mayra no tiene que ir a la casa de tus suegros?

–          No sé, pero yo quiero venir. Así que cualquier cosa la llevo con el auto, y me vengo acá. Hace mucho que no ceno con papá y con vos.

Me quedé un rato hablando con mamá, y después de una hora me fui. Tomé el ascensor, mientras escuchaba la voz de Doña Mecha hablando por el teléfono desde su casa, la escuchaba porque ella gritaba cuando hablaba por teléfono. Me acordé de cómo le decía Adrián: ‘Mechota, la vieja chota’ Una sonrisa se dibujó en mi rostro.

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