La estación abandonada

17 Nov

La siguiente narración se encuentra en una ubicación geográfica imaginaria, e inspirada en el mito urbano de la línea A del subte de Buenos Aires.

Bajé del micro, había llegado a Buena Vista, la capital de mi país. Le había hecho una promesa a Dios. Mi hermano había tenido un accidente en su moto, y durante días estuvo entre la vida y la muerte, así que si él se salvaba yo viajaría a Buena Vista para visitar la catedral, ubicada en el centro de la ciudad. Por suerte mi hermano se salvó y yo aquí estaba, en esta gran ciudad.
Me tomé dos días en el trabajo, algo que molestó mucho a mi jefe, pero yo tenía una promesa que cumplir. Era muy simple, llegaría a Buena Vista, visitaría la catedral, le daría gracias a Dios por haber salvado a mi hermano y volvería con mi familia, mi esposa y mis hijos, quienes se quedaron en casa, ya que el viaje era bastante largo.
Cuando era niño, yo vivía en esta ciudad, pero a mi papá le ofrecieron un mejor empleo en mi ciudad actual donde había estado el resto de mi niñez, mi adolescencia y ahora ya era un hombre, que después de varios años volvía su ciudad de origen, porque desde que me había ido nunca había regresado.
Algo recordaba de Buena Vista, pero ahora todo era diferente. De niño jugaba en las calles con mi hermano y amigos, también a la pelota en un parque cerca de la que entonces era mi casa. Los vecinos se paseaban con una sonrisa en el rostro, saludando a todo mundo, haciendo chistes y parando para conversar, y a pesar de ser una ciudad muy grande había poca gente. Ahora sus calles estaban súper pobladas y sucias, además daba miedo caminar de noche; borrachos, drogadictos y vagabundos, que se mezclaban entre gente que volvía del trabajo. Madres con chicos que salían de la escuela y ancianos. Todos con cara de enojados o cansados, y los ruidos de los miles de coches que golpeaban en mi cabeza con sus bocinazos y sus frenadas. Esto no me gustaba, esta ciudad no era la misma ¿Dónde había quedado el encanto de este lugar?
Caminé hasta llegar a la avenida principal, allí todo sería más fácil, debía tomar el subte y bajarme en la estación que me dejara más cerca de La Catedral de Buena Vista. Así que bajé las escaleras, me acerqué a la boletería y compré dos boletos, uno para ir y otro para volver.
Llegué al molinete, había mucha gente, pero el subte estaba llegando y todos se subieron a los vagones, yo no sabía cómo pasar el boleto para que lo tomara el lector, pero cuando por fin pude lograrlo el subte ya se había ido.
Me acerqué al mapa de la estación para buscar dónde debía bajarme, pero ninguna pista de dónde quedaba la catedral. Yo sólo sabía que se encontraba en la avenida principal de la ciudad y que el subte viajaba por debajo de esta avenida.
De pronto una pareja mayor paso cerca de mí, parecían extranjeros, pero igual me acerqué y les pregunté cómo llegar a la catedral.
– Disculpe, pero nosotros no sabe… no soy de aquí –me dijeron en un castellano horrible
Sí, eran extranjeros. Les di las gracias de todos modos. Yo estaba en una punta de la estación, donde no había nadie, así que empecé a caminar para el otro lado, pero de pronto me detuve y vi que había un hombre de unos 50 ó 60 años quizás, sentado, con el rostro triste. No lo había visto antes. Me acerqué:
– Señor, discúlpeme – interrumpí sus pensamientos – ¿Estoy perdido, usted podría decirme en qué estación debo bajarme para llegar a la catedral?
El hombre levantó la mirada y yo nunca había visto tanta tristeza en el rostro de un ser humano. Sus ojos verdes apagados me estudiaron por unos 5 segundos. Yo quería abrir la boca, pero no podía. Pensé en seguir caminando y preguntarle a otra persona, pero en eso…
– Sí, tenés que bajarte en la estación Catedral –tenía un acento raro también parecía extranjero, aunque con un castellano que se entendía claramente – La estación queda entre otras dos: Prieto y Paseo
– Gracias señor –le dije
El hombre siguió mirándome y me sentí algo incómodo. Así que me di vuelta y esperé al subte, que llegó casi al instante. Me subí a un vagón y vi desde afuera del subte el asiento donde estaba el hombre, ahora vacío, pero tampoco yo lo había visto subir, así que supuse que estaba en otro vagón.
Miré el mapa y encontré casi por la mitad del recorrido la estación Prieto, seguida por Paseo, no… algo andaba mal. El hombre me dijo que la estación Catedral estaba en medio de Prieto y Paseo. Se había equivocado, busqué esa estación por el resto del mapa, pero nada, tal vez el mapa estaba mal.
Empecé a desesperarme, no conocía la ciudad lo suficiente, y no quería andar por la calle a esas horas de la noche caminando por la avenida. Miré a mi izquierda y vi a una anciana con una mirada dulce y agradable, que parecía mirarme, dispuesta a ayudarme, tal vez se había dado cuenta que estaba perdido.
– Señora, disculpe que la moleste -le dije
– ¿En qué puedo ayudarte? –me respondió
– ¿La estación Catedral? No está en el mapa
– A ver, vos querés ir hasta la Catedral de Buena Vista
– Sí… pero
– Podés bajarte en la estación Prieto o Paseo y caminar unas cuadras –me interrumpió
– Gracias señora
– ¿Vas a la catedral?
– Sí
– ¿Sabés cómo ir?
– No
– Bueno, yo vivo a dos cuadras de allí, si querés te acompaño
– Gracias señora –le dije, con una sonrisa radiante en mi rostro
Nos quedamos hablando un buen rato, hasta llegar a la estación Prieto, y luego cuando salimos del subte la señora me acompañó hasta la catedral. En el camino hablamos de muchos temas. Le conté lo de mi hermano, lo del señor que me había dicho que me bajara en una estación que no existía, hablamos también de la situación política del país, de la economía, de lo peligrosa que se había puesto la calle en Buena Vista.
Al llegar a la puerta de la catedral, le di las gracias y le regalé un rosario de color verde, era lo único que podía ofrecerle, después del favor. La señora muy alegre se despidió, pero antes de irse se quedó pensando un rato y me dijo:
-Sabés, ese hombre debe estar confundido o loco –dijo y se quedó pensando otro rato –habían empezado a construir una estación Catedral hace como cincuenta años atrás, pero tuvieron que cancelar todo debido a que un obrero sufrió un accidente y murió electrocutado.
Luego me tocó el hombro y se despidió con un: “que Dios te bendiga, hijo”
Entré a la Catedral de Buena Vista, era hermosa, inmensa. Me quedé rezando un buen rato, y luego dejé una limosna en la cajita, y me fui. Hora de volver a casa, después de haber cumplido mi promesa.
Me confundí y en lugar de caminar hasta la estación Prieto, lo hice a contramano y llegué hasta Paseo. Bueno, era sólo una estación más, nada grave. Bajé las escaleras, pasé el molinete que me volvió a causar problemas y esperé un buen rato el subte que esta vez se demoró bastante. Al entrar en el vagón pensé que hasta llegar a la estación siguiente podía mirar por la ventana y ver en el túnel la estación que jamás habían terminado.
De pronto la luz se apagó y el subte comenzó a detener su marcha, justo en el mismo lugar donde estaba la estación que había sido cancelada, demasiada casualidad. Pero un pueblerino como yo sólo puede asustarse ante una situación así sin saber qué podía pasar, entonces vi las caras de los demás pasajeros, sonrientes y haciendo chistes en la penumbra, así que supuse que no era nada grave.
El subte arrancó de nuevo lentamente, aunque la luz aún no había vuelto. Miré por la ventana, apenas se veía la estación abandonada. Sólo una plataforma y materiales de construcción. La luz volvió y a lo lejos, en lo oscuro de la estación Catedral reconocí esos ojos verdes de aquel hombre parado en la plataforma, con ropa de trabajo de obrero de construcción y su mirada triste que se dirigía a mí. Por un momento no entendí lo que estaba pasando y busqué a alguien para preguntarle si estaba viendo lo mismo que yo, pero el subte aceleró rápidamente y la mirada del obrero se perdió en lo oscuro de la estación Catedral.
Al salir del subte decidí tomarme un taxi hasta la terminal de micros, ya no quería caminar en esa oscura y triste ciudad. Al llegar a la terminal busqué la ubicación del micro que me llevaría de nuevo a mi ciudad, a mi casa, no quería volver nunca más a Buena Vista.
Me compré un café, y me senté en un lugar que había encontrado vacío. Mientras tomaba el café, el cual soplaba de a poco para ir enfriándolo, saqué mi celular. Un mensaje de mi esposa preguntándome cómo iba todo y otro de mi jefe pidiéndome disculpas por haberse enojado, y que me valoraba mucho y me esperaba al otro día. Le respondí a ambos, a mi esposa contándole que estaba en la terminal de vuelta a casa y a mi jefe que todo estaba bien, que no se preocupara. Iba a guardar el teléfono en el bolsillo, pero me detuve y no lo hice. Abrí el navegador y entré en el buscador de Google, ahí ingresé el siguiente texto: “estación Catedral + Buena Vista“.
Nada interesante, un listado de páginas que explicaban por qué la estación había sido cancelada. No entendía por qué estaba buscando esa información, ¿por qué debía importarme? Mi mirada se perdió en la pequeña pantalla de mi dispositivo telefónico, pensando en qué hacía ese hombre de acento extraño y ojos verdes tan tristes en la estación abandonada. Pensé en cerrar el navegador y guardar mi celular cuando de pronto vi un título del listado de la búsqueda que me llamó la atención: “El fantasma del obrero italiano que ronda por la estación Catedral” No, definitivamente me estaba volviendo loco.
Una mujer embarazada con su esposo pasó por al lado mío, cuando levanté la mirada, le ofrecí el asiento, y me dieron las gracias. Agarré mi mochila y me paré a esperar el micro que me sacaría de esta loca ciudad.

Redes sociables

    2 thoughts on “La estación abandonada

      • Gracias Tomy, eso es un amigo. Aun cuando la historia es mala te dice que está buena.

        Otro día cuento la verdadera historia de lo que pasó con Laureano Gómez Acuña.

        Abrazo.

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